NAVIDAD, ENTRE LA ESPERANZA Y LA REALIDAD DE HONDURAS
Navidad: luces, nacatamales y promesas
Llegó la Navidad, esa época mágica en la que las calles se iluminan, las familias se reúnen y los hondureños, con suerte, encuentran un nacatamal para compartir. Es el tiempo de reflexionar, aunque algunos prefieren reflexionar sobre cómo estirar el aguinaldo.
En Honduras, la realidad no necesita adornos. Cerramos el 2024 con un crecimiento económico tan estático como el adorno del Niño Jesús en el portal. La pobreza y la desigualdad siguen siendo los “villancicos” que más se escuchan, mientras la canasta básica parece un lujo digno de un cuento de hadas: inaccesible para la mayoría. Y como si eso no bastara, miles de compatriotas siguen tomando la decisión de buscar el sueño americano y como dicen unos por ahí pintar llantas para los yunais a buscar el llamado “sueño americano”, huyendo de una tierra que no les ofrece las oportunidades que merecen.
La inseguridad, compañera del día a día, no discrimina. Mujeres, hombres y niños siguen siendo víctimas, mientras los responsables del orden prefieren jugar al “amigo secreto” con el crimen organizado. Y hablando de regalos mal envueltos, el Congreso Nacional no se quedó atrás: cierra el año con el título honorífico de “el peor Congreso de la historia”, y ni siquiera se molestaron en aprobar un presupuesto. Claro, ¿quién necesita un plan financiero cuando la improvisación es la estrella de cada legislatura?
En el Ejecutivo, la presidenta Xiomara Castro se luce inaugurando obras de poca envergadura. Los actos se repiten como posadas navideñas, pero con un detalle: cada corte de cinta parece más un mitin político que un verdadero compromiso con el desarrollo.
La salud y la educación no tienen mucho que celebrar. Mientras las escuelas se caen a pedazos y los hospitales siguen sin medicinas e insumos y la consulta privada un lujo para pocos, el panorama se mantiene tan sombrío como las noches sin electricidad en los barrios más pobres. Por su parte, el Poder Judicial, con su mora judicial creciente, parece haber adoptado el espíritu navideño: esperar pacientemente a que los problemas se resuelvan solos.
Sin embargo, en medio de tanta desgracia, los hondureños mantienen algo invaluable: la esperanza. Es Navidad, y para los creyentes, es tiempo de que el Redentor renazca en los corazones. Los líderes religiosos nos recuerdan que el bien común debería ser la prioridad, aunque para muchos políticos y los Gobiernos de turno estas palabras parecen más decorativas que los arreglos de los centros comerciales.
Así que, gobernantes, tomen nota: nunca es tarde para rectificar, aunque a juzgar por su historial, parece que siempre es temprano para intentarlo. Que la Navidad sea un llamado a la reflexión y, quién sabe, tal vez a la acción.
Mientras tanto, para el resto de los hondureños que luchan y sueñan, que esta Navidad sea una oportunidad para renovar la fe en que, algún día, el país que tanto amamos deje de ser un pesebre de problemas y se convierta en una estrella de esperanza. Feliz Navidad y que el 2025 venga con menos excusas y más soluciones.